Ahí donde está el peligro está también lo que salva
El siglo XX, en particular, es un siglo bastante más paradójico que los anteriores: ser contradictorio fue la consigna. Vivir en ese siglo significó, más que en ningún otro, querer asir lo real y dominarlo, por un lado; y por el otro transformarlo, lo cual entraña la amenaza de destrucción. Vivir en el siglo XX y, ahora en el XXI, es no poder detenerse, es asirse a lo real sin fijarlo, es separarse de la tradición y también recuperarla, es convertir ciencia en tecnología, es alcanzar grandes momentos del arte y del pensamiento, pero a la vez es una época angustiante donde el hombre ha perdido su capacidad de organizar y dar significado a la vida de las personas. Hay, a pesar del vacío – o por él – una plétora de posibilidades dispuestas para el hombre. Ir de aquí a allá, abarcarlo todo: pretensiones que no parecen en modo alguno ingenuas, sino perfectamente posibles. El hombre se vuelca al ente más que en cualquier otro momento. El hombre deja de reconocerse como humano también. Parece que la oleada acelerada del progreso barre hasta con algunos tipos de experiencias propiamente humanas.
En “La Época de la Imagen del Mundo” dice Heidegger que podemos comprender la esencia de una era a partir de la verdad del ser predominante, es decir, el fundamento de los fenómenos de una era se determina por una cierta interpretación de lo ente. Y ¿cuál es esta concepción que predomina? La técnica mecanizada. Ésta consiste en un objetivar que el hombre lleva a cabo con su entorno, determinándolo anticipadamente y poniendo al ente ante sí para que el sujeto pueda tener certeza de él, asegurando su dominio sobre lo ente en su totalidad. Pero el hombre, desde que es tal, aprendió a determinar a la naturaleza. Para ello tiene que desocultarla. Es parte de su ser el desocultar. Su responsabilidad significa llevar algo a la presencia, sacar algo del ocultamiento al desocultamiento. En así como cobra sentido el “por sus obras lo conoceréis”. Por su obra, que es praxis, se entrevé el ser desocultador del hombre. Sin embargo, hay diversos tipos de desocultamiento. En la época a la que me refiero, éste significa objetivación, representación, control, dominio. Se continúa con la dicotomía metafísica de sujeto-objeto, instaurada ya desde la Ilustración. En sus inicios, tal dicotomía se pretendía liberadora, asegurando el dominio material para que el sujeto se declarase completamente independiente del objeto. Libertad es aquí distancia. La naturaleza-objeto está ahí para su utilización, para su transformación y aprovechamiento. Y bien, no es sólo el ente el que se transforma, sino toda la esencia de lo humano. Y es que ser humano implica estar siempre poniendo en juego el ser completo. La dicotomía sujeto-objeto entraña esa fragmentación. Provoca al ente, se olvida del ser. Es por eso que considero aún al siglo XX como fundamentalmente moderno, cada vez más fragmentado. ¿Qué más crear si todo está ya determinado? El desocultar del hombre se enajenó y llegó a su máxima consecuencia: la reproducción. Ésta implica una pérdida de sentido propio, originario. Implica una homogeneización de lo ente, y del hombre. Somos hombres-masa, también lo vivo se reproduce. Y es que el hombre, ante su finitud, no puede sino retraerse, tratar de huir, perderse en la masa para no tener que apropiarse de su ser, para no tener que angustiarse, para no desvelarse a sí mismo.
Con Nietzsche nos encontramos ante el primer desgarre de la ilusión sujeto-objeto. Después de él ya no hay fe en ese sujeto porque el concepto de “yo” que acompaña a todas mis representaciones se desenmascara como una idea arbitraria, como una máscara bajo la que se esconde una voluntad de poder. Después de Nietzsche ya no hay arriba ni abajo, ya no hay conceptos fijos ni instancias estáticas a las cuales recurrir, sólo la posibilidad de la transvaloración de todos los valores. Y aunque Heidegger nos muestre que aquí hay todavía una concepción metafísica de lo ente, no podemos sino admitir que nos trajo de regreso hacia una serie de experiencias no perceptibles por la razón. Nos recordó lo que es una experiencia de la vida, experiencia del ser, del percibir sin intermediación racional. Heidegger dice que el camino de la percepción (no en sentido sensitivo, sino de un “recibir”) es el pensar. El pensar no tiene que ver con la razón. El pensar debe llegar al “Entre” que se encuentra en medio del Dasein y los entes. El pensar haría posible que de nuevo preparáramos la morada de los dioses, es decir, es condición de posibilidad del reconocimiento de nuestra tragedia: la finitud. Porque sólo el hombre es finito, sólo el hombre carece, sólo el hombre está separado. Y sin embargo, no lo está. Es precisamente el olvido del ser lo que le permite vivir en un mundo previamente interpretado, intramundano, en donde el tiempo no es más que la sucesión de las horas y los minutos. Pero cuando se desgarra el sujeto aparece la temporalidad como horizonte desde donde se muestra el ser del hombre, desde donde es posible que el hombre haga experiencia de su propia finitud. Porque el hombre es tiempo y transformación, por ello puede enajenar su esencia. Eso es a lo que yo llamo sagrado: al anuncio de su propia carencia a través de la percepción de algo que se vislumbra por un instante, comos si un rayo lo iluminara. Y eso que se vislumbra no es más que lo totalmente otro. Lo sagrado no nos conecta con la unidad originaria, pues la unidad no está al final del camino, sino al principio. Un sujeto desgarrado puede comunicarse con la desgarradura del otro; se abisma y se recupera a sí mismo, y con él, a la humanidad toda. Todo hombre es espejo de lo humano. ¿Y cómo se desgarra el hombre? Por la muerte y el horror.
El peligro para el hombre de nuestros días es precisamente ese, el que no sea capaz ya de reconocer su herida ontológica, es decir, que ya no sea capaz de reconocer su finitud. Nos enfrentamos a una época en donde la reproducción alcanza niveles absolutamente impresionantes, donde las cosas pierden su “aura” de sacralidad, donde la “poiesis” se vuelve poco a poco producción mecánica. Originariamente “póiesis” es igual a “aletheia” y, a su vez, a “praxis”.
