Somatitis

Llevo algunas semanas en un taller de arte contemporáneo.  Todos los sábados bajo la escalera de mi edificio, camino unos 100 metros para llegar al metro, bajo la escalera, encuentro a mi amiga, nos subimos al metro, encontramos a otra amiga, subimos otra escalera, caminamos unos 10 metros más, subimos los 3 escalones del microbús, avanzamos unos 5 minutos, bajamos los 3 escalones y caminamos unos 20 metros hasta el salón de la galería. Esto me lleva unos 40 minutos. Suena sencillo, es al fin y al cabo un trayecto tranquilo para cualquier persona que viva en esta ciudad de locos. Lo cierto es que cada vez me cuesta más trabajo realizarlo. Me dan punzadas en el vientre, me duele la espalda, me cuesta trabajo respirar al subir la escalera, pierdo el equilibrio fácilmente, tengo que bajar la velocidad; pero no quiero dejar de asistir. Cuando los órficos creían que el cuerpo es la cárcel del alma seguramente no estaban pensando en situaciones como la mía, pero también aplica. Y es que ahora, más que nunca, quiero hacer muchas cosas. No he dejado de trabajar ni un día, ando de aquí para allá promoviendo nuestro proyecto artístico, todavía visito museos, voy al super, etc. tratando de no acordarme de lo difícil que es estar embarazada. No me pasó nada parecido con mi primer bebé, en cambio ahora todo es complicado. Ponerme los calcetines y amarrarme las agujetas es toda una odisea, tirar la pluma al piso una tragedia, bajar a abrirle al del gas y acompañarlo a la azotea casi una hazaña tan grande como subir el Popo.  Y no es que no me guste estar embarazada, en ambos períodos de mi vida me he sentido absolutamente prolífica, como si la fertilidad de mi cuerpo influyera en la fertilidad de mi mente: simplemente hoy llegué al absoluto límite de mi frustración. No puedo hacer nada, ahora mismo escribo en el blog con un intenso dolor en mis caderas, mismo que no me deja dormir en las noches, seguido de otro terrible en mis rodillas. Me pregunto si es ante ese vislumbramiento del límite donde uno se esfuerza más y logra las cosas más inverosímiles e imposibles, o al menos increíbles para los demás. ¿Necesitamos del sentimiento de trascendencia para actuar de forma efectiva? ¿Por qué le da más valor? ¿Es que acaso eso nos da una especie de reconocimiento tácito? ¿Por qué me arriesgo de tal manera a que mi hijo nazca en un vagón del metro? A veces pienso que lo que no quiero es enfrentarme a mi embarazo y distraerme con otras mil cosas que hago, como si venciera el miedo con una autoafirmación de valentía hacia el exterior. O quizá sólo quiero olvidar que todo me duele.

En fin, aprovecho para contarle al mundo que mi hijo se llamará Bastián. Apenas lo decidimos hoy, a unas cuantas semanas de nacer.

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