Crisis de 30… ¿hora de hacer casarse y tener chamacos?
¿Qué demonios trae todo mundo contra el paso del tiempo? ¿Por qué todos a mi alrededor están obsesionados contra la idea de volverse rucos y finalmente señores? De verdad es muy sintomático, ni siquiera sentía tanta histeria cuando mi generación estaba por cumplir 20. El caso es que ahora, todos cerca de los 30, o nos da por querer sentirnos jóvenes todavía y hacer “cosas de jóvenes” a la fuerza cuando ya ni nos queda, o de plano nos tiramos al bote de los avejentados sin remedio y nos enclaustramos en nuestras casas a ver telenovelas y planchar. Lo cierto es que, al menos en mi caso, la cosa se me complica bastante. Miguel y yo disfrutamos haciendo muchas cosas, algunas de las cuales no podemos hacer tan seguido por el Tris, pero mi punto es que creo que no chocheamos todavía… jaja, es decir, vamos a conciertos, al cine cuando podemos, a restaurantes por lo menos dos veces a la semana, a CU a tirarnos sobre el pasto, a museos, bebemos mucho alcohol (más que cuando éramos novios, creo), vemos a nuestros amigos muy seguido, etc., como cualquier otro “chavo” (aunque creo que la frase anterior revela precisamente la condición contraria… jaja). El problema es que también tenemos que hacer otras cosas que la gente jóven no hace y que requiere de gran energía, como ir al super, hacer de comer, lavar la ropa, subir a tender y subir a bajar la ropa antes de que llueva, planchar, barrer, trapear, atender a tu hijo (con tooooodo lo que eso conlleva), etc. Combinar las dos cosas es una friega, pero quizá sea precisamente eso lo que nos permite no tener crisis de 30 años. Conozco mucha gente -pero mucha-, que está cumpliendo 30 y se da de topes por razones que, según mi parecer, se pueden reducir a sólo dos: o les da pena seguir viviendo en casita con sus papis y no tienen chance de salirse, o sienten la presión social de casarse y tener hijos. No es que sean demasiado grandes para seguir haciendo cosas de chavos, sino que quizá les falta un poco de la otra parte, la de adultos maduros. A mi me da risa porque en algunos círculos apenas menciono que tengo un hijo y ya me miran distinto, como ñora; pero en otros pasa exactamente lo contrario, me ven como una chamaca babosa que no sabe ni sacarle los mocos a su chilpayate. Creo que en general yo me siento bastante bien. Algunas veces pienso que debí haber hecho tal o cual cosa antes de tener al Tris, pero también creo que ese tipo de esperas se pueden volver eternas y ya cuando estés lista tu cuerpo no lo estará. No conozco a nadie de mi edad que se muera por un hijo, más bien se morirían con uno y eso yo creo que a la larga va a tener consecuencias negativas. Todo mundo se queja, pero realmente nadie te dice que tener un niño te hace fuerte, te hace madurar, y también te da más seguridad en ti. Yo percibo que hay una idea muy arraigada en nuestra cultura actual acerca del papel de las madres: hay que agradecer a las madres porque lo dan TODO por los hijos. Esa perspectiva, más que ayudarnos, nos ha dado en la torre, porque la mayoría creen que las madres no pueden hacer otra cosa más que atender a sus hijos, y si trabajan lo hacen por ellos, y si no lo hacen sólo se dedican a ellos. ¡Qué flojera! Por eso las mujeres no quieren tener hijos, creen que van a pasar de Fulana o Sutana a “la mamá de Pedrito”. La única cosa negativa - y eso desde un punto de vista vanidoso- que yo he experimentado desde que soy madre es que los hombres ya no voltean a verme… jajaja. En general yo siento que desde que tengo al Tris soy más feliz, y no sólo porque sea un niño increíble que todos los días me asombre, sino porque valoro cada minuto de mi día que me dedico a mí misma y no puedo darme el lujo de echar la flojera: he leído mucho, estudiado y aprendido de muchas cosas y encontrado pasiones nuevas; y aunque paso mis días corriendo de aquí para allá, me siento muy bien con quien soy. No me siento ni más vieja ni más jóven.
Mi consejo para los que se sienten unos chamacos a los 30: si no pueden irse de sus casitas, por lo menos lávense y plánchense su ropita y háganse su comidita. Valorarán más a sus madres y les dará más valor para irse a vivir sus vidas. jaja!
Pero… ahora que recuerdo… todavía me faltan dos años para cumplir 30… YUPI!!!!!

Pues el asunto aquí es que la llegada de los treinta marca de una vez por todas la llegada de la edad adulta. Como bien dices, hay escencialmente dos maneras en la que esto sucede: a) Estando encaminado a lograr lo que siempre quisite lograr. b) No estándolo. Evidentemente, si tienes la fortuna de llegar de la primera de esas maneras, pues ya la hiciste, y los treinta son bienvenidos. Al fin y al cabo, el ser un adulto, un “señor” tiene un montón de ventajas que un chavito no tiene. Si llegas a los treinta de la segunda manera te empiezas a sentir mal por la siguiente razón: la distancia entre los cuarenta y los treinta es muchísimo más corta que la distancia entre los veinte y los diez, y por primera vez empiezas a ser consciente de ello.
Pero creo que ya se me salió la amargura, disculpa
Jaja! Pues yo estoy muy lejos de mis objetivos, pero me siento feliz de haberlos vislumbrado al fin… De todos modos tengo que admitir que yo también a veces me siento un poco vieja, y todo comenzó cuando noté que mis alumnitos de prepa nacieron en la década de los ¡¡¡¡¡90!!!!!, y la última fue cuando supe que mi actual maestra de curaduría tiene 3 años menos que yo y ya hasta puso su propia galería. En fin… como dice Miguel, no son competencias. Hay que verle el lado bueno.