San Ildefonso y MUAC
El sábado pasado tuve la fortuna de poder atravesar el Zócalo sin que me atropellara un patinador… jaja. Es que con eso de la MEGApista (¿han notado que últimamente todo lo queremos en grandote? Hay MEGA-pizza, MEGA-rosca de reyes, MEGA- supermercados, MEGA- ventas nocturnas, etc. ¿En esto devino nuestro anhelo de grandeza?) ya no hay espacio para estar en el Zócalo, se volvió inhabitable. Quise pasar al Museo de San Ildefonso y me encontré con un mar de gente, y no sólo los que querían patinar, sino los Reyes Magos que iban a comprar sus juguetes y los innumerables ambulantes que rodean Catedral por ambos lados. En fin, el caso es que sobreviví y llegué al museo de San Ildefonso porque quería ver la exposición de Vientos del Oeste, Vientos del Este. Estaban anunciando la obra de Dalí, Picasso y Miró, pero resulta que sólo había una pintura de cada uno (creo que de Picasso había dos). De cualquier modo resultó que estaba muy buena. Se exhibía a puro español, eso sí, al parecer puro exiliado, aunque la exposición abarcaba desde los 20’s hasta la actualidad. Me gustaron en especial las obras de Souto y Barceló, y una de una artista cuyo nombre no puedo recordar.
El domingo tuve el placer de ir a conocer el nuevo museo de la UNAM, el MUAC. Puedo decir, para pronto, que ya es mi museo favorito. Es gigantesco y maravilloso. Cada espacio es una sorpresa y la iluminación está tan bien planeada que puedes tomar fotos sin flash y salen bien (pronto las subiré a mi hi5). No terminé de verlo porque es muy grande y fui con Miguel y Tris, así que había que estar cuidando que mi chamaco no tocara o rompiera nada; pero planeo regresar el próximo fin. Había obra muy diversa; en especial me sorprendió la MEGA-instalación (jaja, otra vez MEGA) de un artista cuyo nombre otra vez olvidé, que hacía referencia al tercer Reich y a los laberintos donde enseñan a los ratones a condicionar su comportamiento. Todo parecía un collage, hasta los animales disecados, aunque muy kitsch. En el centro había un laberinto para que tú mismo te sintieras como un ratón, era chaparrito y te tenías que hincar para entrar, pero a mi niño le quedó a su medida y tuvo su primer experiencia estética-lúdica en un museo. Definitivamente es una obra que pone en cuestión el papel del espectador, uno tiene que mirar hacia abajo, hacia arriba, hacia dentro, hacia fuera, entrar, salir, agacharte, pararte de puntas, pisar, etc. Esta instalación ocupaba sólo la sala 9 del museo, la más grande.
Aparte de ésta, sólo tuve tiempo de visitar las salas 1 y 2. De entrada había unas máscaras-collage que me fascinaron. La serie era como de 50, pero sólo se están exhibiendo como 20. Los materiales eran todos de desecho y me sorprendió que se veían tan naturalmente arregladas que parecían casuales y no causadas por la mano del artista. Es decir, es como cuando ves formas en las nubes o los fieles que se imaginan ver a la virgen hasta en los hot cakes… la idea es que algo que no tiene intencionalidad propia se interpreta como algo que tú ya conoces, que ya entra en tu esfera de comprehensión y por eso le atribuyes una intencionalidad. En este caso es un doble juego porque sí estuvo la mano del artista que puso los objetos de cierto modo para que ‘parecieran’ y sólo eso, casuales, aunque no lo eran, sólo para que tú fueras y tuvieras un mayor peso como observador. Un ready-made que no es ready-made. Es increíble. También está una obra de Robert Morris, una de SEMEFO (sí, eran restos humanos combinados con ceniza y cascajo), una de Teresa Margoles (nunca falta en una exposición de arte contemporáneo en México), una obra de una alemana que me llamó la atención porque parecía neodadaísta, pero en los 40’s y en Alemania!!! En fin, ya contaré más cuando termine de visitar todas las salas. Hasta ahora lo recomiendo muchísimo, además de que está padrísima la construcción.
