Visitas a museos
Los tres últimos fines de semana he tenido la fortuna de poder ir a museos. Primero fui con mi clase de Historia del Arte al Museo de Arte Moderno. He de confesar que esta vez lo ví con ojos distintos. Éste había sido mi museo favorito por muchos años y lo visitaba a menudo, sin importar que viera las mismas pinturas siempre, pues los curadores disponían las salas siempre de modos distintos y era siempre enriquecedor. Ahí conocí a pintores mexicanotes y maravillosos como Anguiano o Manuel Rodríguez Lozano y empecé a amarlos. También ahí descubrí que el pintor mexicano que más me gusta es Siqueiros y creo que ahora sé por qué: fue el que más se acercó a la abstracción; incluso acabo de leer hace unas semanas en un librito que Jackson Pollock y Siqueiros se influyeron mutuamente y que incluso Pollock “inventó” o “descubrió”, si es que fue al azar, el dropping painting en un taller de Siqueiros en Nueva York. En fin, estaba hablando de mi visita… esta vez hicieron una retrospectiva de Remedios Varo (¿Remedios “la bella”?). Me llamó mucho la atención que lo que están haciendo los museos ahora es tomar obra de sus exposiciones permanentes y colocarla en otro contexto para venderla como exposición temporal; es decir, tomaron pinturas de Remedios que de por sí ya formaban parte del museo y las pusieron en un ala nueva para apreciarla mejor (lo mismo sucede con la famosa exposición de Eros en el Soumaya, que consiste como en un 80% de obra que ya estaba en la permanente). En el caso de Remedios, pues a mi me encanta desde hace muchos años, y ahora creo que la aprecié más, pero he de confesar que ha dejado de ser mi Remedios, como si en este momento de mi vida ya no me reconociera a mí misma en el surrealismo, o no en ese surrealismo que me pareció – perdón – un poquito vacío. Eso que me está pasando es, por cierto, rarísimo, pero ya hablaré en otra ocasión de ello. El caso es que ví otra Remedios, sí con magia, sí con imágenes oníricas, sí con una técnica magistral, pero la ví demasiado bella, en el sentido de bonita, o sea, demasiado decorativa. No sé qué piensen ustedes, pero para mí eso ya ha dejado de tener un valor en el arte. Luego fuimos a una exposición que está de arte abstracto y mi maestra como que no quiso verla completita porque tengo la sospecha bastante fundada de que tiene severas lagunas en ese tipo de arte, aunque dice que super ama a Sebastían (ups!). Dice que ver una pintura de Gunther Gerzso es verlas todas… jaja… entonces lo mismo se puede decir de Mondrian o de Malevich o de Pollock o de Rothko, etc. Bueno, el caso es que cuando vimos la exposición permanente me llamó la atención la ausencia de muchas obras, hacía mucho que no iba, pero recuerdo que ahí estaban Las dos Fridas, que no es mi favorita, pero bueno, ahí estaba, igual que mucha obra de Rodríguez Lozano que no está, y según yo también de Orozco y Rivera. En fin, si alguien sabe por qué una exposición permanente no lo es, díganme porque no entiendo. Eso sí, me perdí la exposición de Ehrenberg porque mi maestra dijo que como que no estaba tan buena. Ya iré y les diré si mi maestra tenía razón o si, como sospecho, no sabe de arte moderno.
El siguiente fin de semana fui al hermosísimo San Ildefonso. ¡Cómo me gusta ese edificio! Además de gustarme por razones obvias: es bellísimo, me hace sentir un poquito cerca del ambiente estudiantil de mi abuelo cuando estudió allí la prepa (algunos de sus maestros fueron, por cierto, José Gaos y Agustín Yáñez, y lo digo presumiendo… jaja… o sea que yo choqué la mano que chocó la mano de ellos… jaja). El caso es que fui ilusionada porque un compañero de mi curso de arte me dijo que había una exposición sobre la Bauhaus, incluso hasta me dijo que se estaba exponiendo a Kandinsky. Bueno, pues el que se estaba exponiendo era Albers, importantísima figura de la Bauhaus, junto con Moholy-Nagy, Kandinsky y Klee, pero ¿qué creen? La dichosa exposición había terminado una semana antes de que fuera y no pude ver nada… snif snif! Casi lloro. Y pues lo que vimos fue una obra de Vik Muniz, un brasileño; y pues… me gustó y no me gustó. Creo que en algunas cosas yo tengo ideas quizá retrógradas (les digo que ya dí el viejazo), pero de veras que me casé con la idea de Walter Benjamin de que la reproductibilidad de una obra es la manera más tajante y fácil de quitarle su “aura”, es decir, eso que tiene de único, de valioso. Es esa reproductibilidad la que hace que ya nadie ponga atención realmente al David de Miguel Ángel o a la Mona Lisa o a la Venus de Milo, porque están hasta en pasteles, posters, carteles, bolsas, etc., reinterpretados hasta el cansancio. El caso es que todo lo que ví en esa exposición de Vik Muniz era reproducción, era fotografía. Sus collage de recortes de papel no eran tales, eran fotos; sus niños dibujados con azúcar no tenían azúcar, eran fotos; sus obras hechas con chocolate, salsa de tomate, miel, etc. no tenían en absoluto tales materiales. Así no impactan, a pesar de ser estéticos y a pesar de que incluso te provocan una experiencia estética, pero sentí que ésta no va más allá de… ah! mira! qué simpático! o qué ocurrente! En el caso de su obra de plastilina es distinto. Muniz se puso a hacer figuritas con una sola barra de plastilina blanca y cada que terminaba una, la fotografiaba, y luego usaba la misma barra para formar otra y así sucesivamente. En ese caso el discurso sí es sobre lo efímero en el arte y tiene justificación la fotografía, en los otros no, me parece.
El fin de semana pasado fui al glorioso y poco reconocido MUCA en CU. Hay una exposición de arte contemporáneo que me dejó un buen sabor de boca. Definitivamente al arte contemporáneo uno no se puede acercar emotivamente, uno no puede ir por ahí buscando lo “bello” en el sentido tradicional. Más bien hay que darse cuenta que los elementos que lo constituyen dentro y fuera de la obra son lo que hay que interpretar. Por ejemplo, un tipo (no recuerdo el nombre del artista) colgó en una pared un traje de fieltro y lo intituló Traje de Joseph Beuys, y pues uno no comprende en primera instancia, sólo con verlo, la importancia de tal material. Joseph Beuys era un artista alemán de los fluxus que sólo trabajaba, o primordialmente trabajaba con fieltro y aceite porque esos eran los materiales con los que lo curaron en una tribu de no sé exactamente dónde, después de haber sido herido en la guerra. También había, por ejemplo, una sábana en una pared con una mancha; pero luego lees la ficha y conoces a la autora: Teresa Margolles (que por cierto es archiamada por mi prima que estudia arte y que me la hizo notar), y te enteras de que la sábana se usó para limpiar cadáveres. Luego sigues y ves un cuchillo en una cajita de metal y te enteras de que fue forjado en prisión y fue usado para cometer asesinatos. Esa chava sí que está zafada, no tiene otro tema que la muerte, o más bien, los muertos, que no es lo mismo. Me comentaba mi prima Karina que en otra exposición a la que asistió entró en un cuarto con vapor, como un sauna, y que después vio en la ficha que ese vapor se usó también para limpiar cadáveres… ¡guácala! La experiencia estética deviene en horror. Es maravilloso. En la misma exposición había instalaciones en las que no podías entrar… ¿o sea cómo? ¿entonces no eran instalaciones? No entiendo. También había obras que no eran perceptibles con la simple “mirada de museo”, es decir, había que mirar hacia arriba y encontrarte a un fulano viéndote desde una silla, y hacia abajo y encontrarte una diminuta puerta para ratón en la pared, con su cestito de basura fuera. Si les interesa voy a subir las fotos que saqué – porque ahí sí te dejan sacar fotos – pronto. También estaban unas fotos del novio de Björk, que es se supone un super artista conceptua, dos obritas de Moholy-Nagy (snif snif), y videos interesantes. La recomiendo ampliamente.
El próximo fin está en chino que pueda ir a algún museo, pero pretendo ir a ver a Robert Motherwell en el Dolores Olmedo, a Eherenberg en el MAM y a Tillmans en el Rufino Tamayo, además de que quiero volver a ver a mi amado Rodin en el Soumaya. ¿Alguien se apunta?
