El poder de la imagen
¿Qué sería de nuestra vida sin televisión? ¿Qué sería de un concierto si sólo hubiera en él música y no luces ni pantallas? ¿Qué sería de la vida sin arte? ¿Qué sería de nuestros recuerdos sin fotografías? La imagen tiene en sí misma un poder mágico. La vida se interpreta en imágenes, la cultura depende de una imagen, por eso hay una cosmoVISIÓN. Ver es siempre interpretar al Ser. Ver no es simplemente una capacidad de mis ojos, sino que pone en juego al mi ser entero. Decía Heidegger que el Ser es fenómeno, es decir, aparece, es inherente al ente, pero el ente es visible, aunque también tenga su sombra. Además, hay una íntima relación entre el ver y el crear. Podemos crear porque vemos y viceversa. En el Génesis lo primerito que se narra es cómo dios nos hizo a su IMAGEN y semejanza: si somos como él, el crear imágenes es algo divino que hemos heredado, nosotros tambíen creamos Ser por medio de imágenes. No hay algo así como la creación desde la nada, siempre tenemos preconcepciones e interpretaciones previas que ponemos de manifiesto en el crear. Crear es siempre crear más ser, el hombre puede crear más ser (decía Nicol que hay más ser desde que hay logos y estoy de acuerdo). El hombre da ser por medio de la imagen, esa es su condición. A la eterna pregunta de desde cuándo es hombre el hombre yo diría que desde que creó su primera imagen: desde Altamira, Lascaux, etc. Y es que aquéllo implicó ya una interpretación sobre lo que le sucedía alrededor, y su interacción en el universo. Hay ahí una conciencia de sí, pero de tipo mágico. El hombre no era ya un animalito que comía y dormía y cazaba y etc., sino un animal que podía controlar eventos a través de una imagen: la imagen estaba ligada mágicamente al objeto representado. La imagen los redimía del misterio de las fuerzas de la naturaleza, les permitía entrar en contacto con el mundo del misterio. Por eso pintaron en cuevas y no en lugares abiertos, por eso pocas veces se pintaron a sí mismos, para ellos sus representaciones eran del antílope universal y el bisonte universal, es decir, arquetípicas. En muchas civilizaciones mal llamadas “primitivas”, los hombres hacían máscaras para representar a sus dioses y al ponérselas ellos mismos eran poseídos por el espíritu de ese dios o ese antepasado: era una manera de apropiárselo. Otro ejemplo clarísimo es el vudú: mi muñeco es mi imagen y comparte conmigo el espíritu, de tal modo que lo que le pase a mi muñeco me pasa a mí. Esa magia, si bien se ha desacralizado, no se ha roto del todo, por ejemplo, la mayoría de nosotros llevamos fotos de nuestros amores en la cartera, como si, de ese modo, los lleváramos también a ellos con nosotros y no permitiríamos que nos rompieran nuestras fotos. La imagen sigue teniendo un poder abrumador que no podemos explicar aunque ahora la tecnología nos permita reproducir imágenes y poco a poco se vaya perdiendo el “aura”, como decía Walter Benjamin, pero ese es otro problema. No podemos quedar inermes ante las imágenes de los niños que huyen del napalm, ni del bebé muerto en Afganistán, ni de los cuerpos desnudos de judíos de la Segunda Guerra Mundial, etc. Pero del mismo modo tampoco podemos ser los mismos después de ver una obra de arte. El arte también cambia la vida. Mi vida jamás será la misma el día en que yo esté frente a la escultura helenística de Laoconte que está en el Vaticano. La imagen tiene un poder que parece laico, pero sigue siendo mágico: durante uno de los discursos de Collin Powell taparon la reproducción de la pintura “Guernica”, de Pablo Picasso, que muestra los horrores de un bombardeo aéreo de civiles y que normalmente se ve en la entrada del Consejo de Seguridad de la ONU. La imagen no es una mera imagen: amenaza, consuela, da alivio, da esperanza, denuncia, representa, manipula… ¿A quién no le gustaría aparecer hermoso o hermosa en una foto? A todos, porque mi imagen está unida a mi ser.

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