Escribir para no ser leído
Todos vamos pasando
Y el tiempo con nosotros:
Pasa el mar, se despide la rosa,
Pasa la tierra por la
Sombra y por la luz,
Y ustedes y nosotros
Pasamos, pasajeros.
Pablo Neruda
Este tema viene bastante bien para este blog, ya que nadie lo lee. Mi experiencia de escribir para no ser leído no es tan profunda como aquéllas en donde se pone en juego a la propia vida, y de las cuales hablaré a continuación. Aunque, por otro lado, decía Heidegger que ser humano implica poner en juego a la propia vida en todo momento. Este es un tema que me ha dado vueltas en la cabeza durante mucho tiempo, desde que estudiaba con Gerardo de la Fuente en la Fac y ahora que estoy investigando sobre arte egipcio regresó. Así que retorné a mis apuntes y ensayos para escribir sobre ello… y no ser leída más que por mi flaquito, que es el único que lee mi blog.
Escribir para no ser leído es un acto de santidad, según María Zambrano. En sus propias palabras, es una acción trascendental que “sólo porque se trata de una humanísima acción no podemos llamarla sagrada”(M. Zambrano, El hombre y lo divino, México, Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 11.) . Es un suceso que ocurre sin temor ni esperanza, una acción que tiene algo de rito, de ofrenda; es un hacer verdad, un salirle al encuentro al tiempo. La experiencia de la que habla Zambrano no es, sin embargo, la experiencia de la que voy a hablar aquí ahora. O no lo es todavía. El escribir de Zambrano no es un escribir ciego, sino un otorgar desde dentro. Sin embargo, no tiene una mirada subjetiva, sino que trasciende la escisión entre sujeto y objeto. El que escribe sin intención de ser leído es aquel que da aquello que le ha sido previamente dado, liberándose de este modo. Sin embargo, aquí está ya presente la contradicción de una doble intencionalidad: la del otorgar, por un lado; y la del cerrar el paso al otorgamiento, por el otro. El otorgar escribiendo con intención de ser leído es una huida de las palabras mismas de la quema, significa sostener las palabras con una argumentación. Es la tentación que viene de las palabras mismas por salvarse, por entregarse, por inmortalizarse, y para ello requieren como medio al escritor, haciéndolo su esclavo. Son las palabras las que quieren ser leídas, no el escritor. He ahí la contradicción. ¿Por qué habríamos de coartar el camino hacia algo que nos ha sido dado como por gracia? Y por el otro lado, ¿por qué no habríamos de hacerlo?
En la historia de la humanidad hay varias experiencias de este tipo: libros sagrados, ocultos, cifrados, con intención de ser leídos por unos cuantos elegidos, etc. Pero hay algunos casos que son mucho más reveladores de algo más grande. En Egipto, por ejemplo, había un “pintar para no ser visto”. Las pinturas de las tumbas sólo podían ser vistas por el alma del faraón muerto. Nadie tenía acceso a ellas. Es un pintar para la eternidad, como si el dejar que la imagen sea vista por los hombres la convirtiera en algo mundano y le quitara su carácter de sagrado. Para ellos tenía sentido, era la sublimación de la imagen, imagen sacra, imagen que ocupa el lugar de lo divino mismo, imagen hierofántica.
En Zambrano tenemos que lo que ha de ser dicho es algo lleno, es una superplenitud de algo. Sin embargo, la experiencia contemporánea del escribir para no ser leído es de otra índole, pues se trata de un escribir sin intención de salvación, sino de destrucción. Es un escribir que se cree vacío. ¿No es, acaso, un extremo nihilismo el pensar que nada de lo que digamos tiene valor alguno? Y si no lo tiene, ¿para qué escribir, desde el comienzo? O Tal vez si lo tenga, pero no creemos que nadie más sea capaz de comprenderlo, de asomarse a mi desgarradura. Este tipo de nihilismo es el de la experiencia contemporánea de la soledad ontológica:
“Nadie puede vivir sin los demás, David. Sencillamente, no es posible.
Quizá no. Pero antes de mí no ha habido nadie como yo. A lo mejor yo soy el primero.” (P. Auster, El libro de las ilusiones, Barcelona, Anagrama., 2003, p. 75.)
En la novela de Paul Auster, El mundo de las ilusiones, hay por lo menos tres experiencias del escribir para no ser leído. Primero, la más evidente, es la del personaje Hector Mann, actor y director de cine de mudo que desapareció, y de cuya suerte nadie tenía noticia. Este personaje me pareció maravilloso: un cineasta joven, con futuro, con talento, cuya carrera – y vida – se ve truncada por un triángulo amoroso que lo deja sin mujer(es) y con una sensación de profunda culpabilidad por haber ayudado a su prometida a desaparecer el cuerpo de otra de sus mujeres, a la cual había matado. Su “escribir para no ser leído” no era del tipo literario, sino que su creación condenada a la sombra fueron sus películas. En este caso era un “filmar para no ser visto”. Sus películas eran, por lo demás, absolutamente revolucionarias, en cuanto a producción cinematográfica se refiere. Las idea era que, 24 horas después de haber terminado su vida, su esposa se encargaría de quemarlas todas y no dejar siquiera rastro de que alguna vez hubieran existido.
En una de sus películas – la única, por cierto, que el narrador de nuestra historia pudo ver – Hector Mann plasma la historia de dos personajes: Claire y Martin, quienes, inexplicablemente, se encuentran solos en una casa, ambos con la intención de llevar a cabo un proyecto intelectual. Él intenta escribir un relato y ella estudia para un examen de filosofía. Ella lo seduce. El comienza a amarla, pero no sabe quién es ella y no confía. Ella enferma gravemente, pero no quiere que Martin se ocupe de su enfermedad y no quiere que deje de escribir hasta que termine su relato. Termina el manuscrito al mismo tiempo que ella muere. Él se da cuenta de que su vida depende de que el relato sea destruido y lo quema. Nadie leyó nunca su relato, lo cual convierte a esta película en la segunda experiencia del escribir para no ser leído.
La tercera es un poco más graciosa. Es la de Chateaubriand, quien escribe sus Memorias de un muerto, cuya traducción corre a cargo del narrador de la historia. Chateaubriand tardó treinta y cinco años en escribir ese libro y había autorizado su publicación hasta cincuenta años después de su muerte, cuando ya no importe lo que él haya escrito. Sin embargo, se publicó en el mismo año de su muerte por problemas financieros, ya que había vendido acciones de su manuscrito en vida, empeñando, así, su tumba.
Estas tres experiencias del escribir para no ser leído son muy distintas entre sí. La primera se asemeja a un auto-castigo. Hector Mann sabe que sus películas son muy buenas, sabe que ganaría mucho dinero con ellas, sabe que lo que tiene allí es mucho más que una joya Hollywoodense; lo que tiene allí es el producto de su aniquilación, de su nada, de su absurdo. Su acción, en este sentido, no está destinada a ninguna lógica. Su acción es tal vez, el azar que desvela como la maldad y la virtud pueden converger en la misma persona. No deseaba acabar con lo que le había sido dado: su capacidad artística, sino más bien, terminar consigo mismo como persona, truncar el paso a su reconocimiento como artista y, a través de ello, “despersonalizarse”, borrarse incluso en el recuerdo de la gente que una vez lo conoció, no dejar huella siquiera de su paso por el mundo. Y sin embargo, una nueva esperanza lo cura…
La segunda experiencia me gusta más que las otras dos. La película La vida interior de Martín Frost, de existir, hubiera sido bastante buena. El autor del relato lo quema, no porque quiera borrarse a sí mismo, no porque quiera desaparecer, no porque no quiera ser leído; lo quema porque ha encontrado un secreto, ha logrado entrever la relación que su relato tiene con la vida de su amada: la relación de cualquier relato con toda vida. Su creación no es aquella que artificialmente se construye con afán de agradar o divertir, su creación fue mucho más allá, creó a la muerte misma.
La tercera experiencia de escribir para no ser leído es más honesta, digamos. Si bien el autor al principio no pretendía recibir ningún tipo de recompensa o reconocimiento que él pudiera disfrutar, sí escribe para que en el futuro alguien lo leyera y quedara inmortalizado. Su escribir para no ser leído era, en contraste con el primero, un escribir de cara al futuro, con la esperanza de vivir para siempre, no de destruirse. El autor quiere dejar una huella de su ausencia.
De estas tres experiencias que parecen tan disímiles trataré de encontrar hilos conductores que nos permitan entender su importancia filosófica.
En la primera experiencia, como ya comenté, Hector Mann huye porque se siente culpable de un crimen, aunque nadie lo busca. De igual manera, en la novela Furia de Salman Rushdie, el personaje huye a Nueva York porque se siente culpable. Este personaje es de lo más asombroso por ser tan típico: un hombre con muchísimo dinero, con una casa perfecta, un empleo perfecto, una esposa perfecta, un hijo perfecto y sin embargo, profundamente lleno de una furia que lo invade por momentos y que no puede controlar. Es esta furia la que le lleva un día a intentar matar a su esposa e hijo sin saberlo, pues se encuentra dormido o fuera de sí, y se descubre a sí mismo, al despertar, con un cuchillo en el cuello de su mujer, sin que ella llegara nunca a darse cuenta de ello. Este personaje también huye para destruirse. Ahora bien, en ambos casos los personajes huyen por culpabilidad, en ambos casos quieren destruirse, en ambos casos nadie los persigue, sólo ellos mismos. Y si su culpabilidad era tan grande, ¿por qué no simplemente se suicidaron y acabaron consigo mismos? Dice Albert Camus que el que se suicida… “se cree destruirlo todo y llevárselo todo consigo, pero de esta muerte misma renace un valor que, tal vez, hubiese merecido que se viviera. La negación absoluta no se agota, por tanto, con el suicidio. Sólo puede agotarse con la destrucción absoluta, de sí mismo y de los demás”(A. Camus, El hombre rebelde, Madrid, Alianza Editorial, 2003, p. 14.). El que se suicida tiene una idea de lo que podría no ser indiferente. Estos hombres que “cometieron un crimen” de carácter extraño pretenden esto, pretenden la destrucción absoluta de sí mismos, más allá que como individuos, como humanos. Escribir para no ser leídos es como un suicidio radical, como una huida de su propia humanidad, se vuelven algo así como anti-humanos. ¿Cómo? Eliminando la posibilidad del reconocimiento.
En la Fenomenología del Espíritu, Hegel explica la lucha por el reconocimiento como una dialéctica del amo y el esclavo. Originalmente, el hombre andaba por el mundo apropiándose de todo lo que se le oponía y satisfaciendo sus necesidades inmediatas. Recoger una naranja y comerla era un modo de apropiársela, por ejemplo. Pero en el momento en que este otro dejó de ser un objeto y se enfrentó ante otro como yo, otro que busca apropiarse de mi, ambos entran en una lucha a muerte por el reconocimiento. De este modo explica Hegel la relación de los hombres entre sí: como una lucha por el reconocimiento en donde gana aquél que se hace reconocer por el otro arriesgando más su propia vida, y así se convierte en amo; mientras que, por el contrario, el que cede su reconocimiento se convierte en esclavo. Por otro lado, el reconocimiento que el amo gana para sí, si bien lo hace señor, no resulta ser tan valioso al final del día, pues es un reconocimiento de alguien inferior a sí, es el reconocimiento de un esclavo.
Esto nos sirve un poco para ilustrar el camino de estos hombres. Si admitimos que parte de ser hombres es buscar el reconocimiento del otro, estos hombres cierran este camino mediante la eliminación de la posibilidad de ser leídos. Ellos creen ser los únicos hombres que habrían pasado por experiencias del absurdo como aquellas, experiencias que les dejan una desgarradura radical. Esta desgarradura es un fenómeno sintomático de la modernidad. Ellos creen que somos ya indiferentes ante la desgarradura de los otros, ya somos radical y ontológicamente otros, según ellos, porque ya no podemos reconocernos como humanos. La capacidad misma del hombre por leer o interpretar se pone en cuestión. En este sentido, el interpretar un texto es reconocer al otro como otro, lo cual ya no tiene cabida en su vida. Ya no creen que los hombres puedan ser capaces de descifrar, pues reina el absurdo y la indiferencia. Su crimen fue absurdo y con él eliminaron a una parte de lo humano. ¿Estarían tratando, entonces, de darle un sentido a su crimen?
“El hombre es la única criatura que se niega a ser lo que es. El problema está en saber si esta negativa no puede llevarlo sino a la destrucción de los demás y de sí mismo, si toda rebeldía debe concluir en una justificación del crimen universal, o si, por el contrario, sin pretensión a una imposible inocencia, puede descubrir el principio de una culpabilidad razonable.” (A. Camus, Ibíd.., p. 18.)
Ahora bien, nuestro personaje de la novela de Furia, si bien huye también para dejar de ser, huye al mejor lugar para ello: la ciudad por excelencia… Nueva York. En este lugar pretende encontrar la más absoluta despersonalización: no sólo dejará de ser hombre, en sentido general, sino también persona. Se va a la ciudad en donde nada es, o por lo menos nada es lo que parece. Mujeres hermosas que resultan ser heroínas de pueblos alejadísimos, mujeres cuya vida consiste en ir buscando a su padre-hombre, jóvenes acaudaladísimos que torturan sexualmente a mujeres y las matan, grupis del mundo intelectual, muñecas que se vuelven reales y personas que se convierten en muñecas, etc. Incluso él mismo, nuestro personaje, termina por inventarse a sí mismo un relato, una imagen de sí mismo, porque el relato es personalísimo y va acompañado de la vida.
“ En sus orígenes, la muñeca no era una cosa en sí misma, sino una representación. Mucho antes de las primeras muñecas y muñequitos negros de trapo, el ser humano había hecho también muñecas como retratos de niños y adultos determinados. Siempre era un error dejar que otros poseyeran el muñeco de ti mismo; quien tenía tu muñeco tenía una parte esencial de ti. La expresión máxima de esa idea era, naturalmente, la muñeca de vudú, a la que se podía clavar alfileres para herir al representado, la muñeca cuyo cuello podrías retorcer para matar a un ser humano, a distancia, con la misma eficacia con que un cocinero musulmán se ocupa de los pollos. Luego vino la producción en maza y el lazo entre el hombre y la muñeca se rompió; las muñecas se convirtieron en clones en sí mismas. Se convirtieron en reproducciones, versiones de cadena de montaje, sin carácter, uniformes. En la actualidad, todo eso estaba cambiando de nuevo.
Pero ahora mujeres de carne y hueso querían ser como muñecas, cruzar la línea divisoria y parecer juguetes.” (S. Rushdie, Furia, no anoté la página exacta)
Es así como el personaje reflexiona sobre la representación – el relato – que nos hacemos de nosotros mismos, y cómo en las sociedades artificiales este vínculo relato-vida se ha roto. Y sin embargo, él se inventó uno…
El absurdo es un punto de partida, una búsqueda. Es un decir no al absurdo, a la indiferencia. Es un acto de rebeldía en el que, si bien se está excluyendo a una parte de lo humano, se está tratando de salvar otra cosa.
En la segunda experiencia del escribir para no ser leído, la de Martin Frost, pasa una cosa muy particular. Martin ha encontrado una llave de lo misterioso, ha podido entrever algo que ocurre a espaldas del mundo humano, ha desvelado uno de los secretos del mundo. Me parece que esta es una historia muy hermosa porque Martin se da cuenta de la importancia de su relato: es tan importante como la vida. Cada vida es, en sí, un relato; sólo tenemos que encontrarlo para entrever su sentido. El mundo, en sí mismo, no tiene sentido, hay que dárselo mediante el relato. Y así, a pesar de que también la experiencia es nihilista, es posible superar el vacío del mundo escribiendo. Y sin embargo, encontrar la llave es desacralizarlo, es romper con la norma.
“Recobrando poco a poco la conciencia, Claire pasea la mirada por la habitación, y cuando ve a Martín frente a la chimenea, estrujando frenéticamente su manuscrito y arrojándolo al fuego, parece impresionarse. ¿Qué haces?, pregunta. Por Dios, Martin, ¿qué estás haciendo?
Pagando tu rescate, contesta él. Treinta y siete páginas por tu vida. Es el mejor negocio que he hecho en la vida.
Pero no puedes hacer eso. No está permitido.
Puede que no. Pero lo estoy haciendo, ¿no? He cambiado las normas.” (P. Auster, Ibíd.., p. 285.)
Hay que salvar, pues, la relación existente entre el escribir y el leer, entre relato y vida. El escribir es salvación, aunque se haga sin intención de ser leído, pues se hace con la intención de salvar, primero, la propia vida, la propia persona. De modo secundario se puede decir que se trata de reparar el pedazo de humanidad que primeramente se intentó excluir, por eso existe una cura a la culpabilidad.
En estas dos novelas, específicamente, todos los personajes con culpabilidades absurdas, de este tipo, se curan por la esperanza de ser leídos algún día. Tenemos, por ejemplo, en el caso del Libro de las Ilusiones, que David – nuestro narrador – se cura, no porque alguien lo haya leído a él, sino porque fue capaz de abismarse en otra desgarradura, fue capaz de leer e interpretar y por la esperanza de que alguien, en algún lugar, poseyera copia de las películas que fueron quemadas. Hector Mann también se cura, pues al final del día, si bien no desistió de su plan de quemar las películas, había dejado que otro personaje maravilloso – Alma, quien también tiene su propia historia – escribiera su relato, el cual sí sería publicado.
En Furia, el personaje principal también se cura, no porque encontrara el amor, sino porque su historia fue leída; su ficción se volvió tan radicalmente realidad, que el líder de una guerrilla africana llevaba incluso la máscara de sí mismo. Se dio cuenta de que todavía es posible incidir en la realidad, aun estando en Nueva York, aun siendo nadie. A pesar de que su primera ficción convertida en realidad, Cerebrito, se hubiera vuelto contra él, contra todo lo él creía y quería como una Frankenstein moderna; su segunda ficción fue absolutamente redentora.
Es así como yo concluyo que escribir para no ser leído es sólo posible basándose, en primera instancia, en la experiencia del absurdo del mundo, del crimen totalmente indiferente, de la absoluta fragmentación entre los hombres, como un hundimiento profundo del que después se pueda regresar transformado; del que se pueda retornar con un sentido. De este modo, la vida dejaría de ser un mero transcurrir sin sentido.
POR FAVOR, ESCRIBANME PARA SABER QUE FUI LEÍDA. JAJA

¡Yo te he leído!
Cuando me autoengaño creyendo que conozco lo que piensas y el cómo escribes, despierto de repente y me doy cuenta de que hay niveles a los cuales yo no puedo aspirar a comprender de tu pensamiento. Niveles de comprensión fuera de mi alcance. Y como decía en otro comentario, es un vislumbre pálido, imperfecto, de lo que realmente escribes y piensas. Eso me hace sentir tan extraño a tu mundo y al mismo tiempo tan lleno de orgullo por estar al lado de alguien que piensa y escribe de esa manera.
Escribir no es sólo escribir palabras cuando se aplica a ti. Es mucho más, es toda una revelación en profundidad y conocimiento.
Orale, toda una espiral de tiempo y espacio.
No revelaré mi nombre, mi sexo, ni mi lugar de origen.
Solo deseo que tú y tu flaco sean felices por siempre. Saludos mios y de mi pareja desde un átomo del oceáno jaja.
Lindo texto
Uy, cuánto misterio…
Pero gracias. Saludos también.
Es la primera vez que tengo contacto con algo escrito por ti, te aseguro que de ahora en adelante tendrás en mi una lectora regular. Escribir para no ser leido?????????? tengo idea que el artista no busca expresarse para los demás, busca satisfacer una necesidad de ser a través de su obra, si la gente lo vemos, leemos, tocamos o escuchamos, que bueno, pero sino, no importa, lo importante es que le guste al creador, que le de algo, cabe señalar que ahora creo que eso es lo más importante en la vida; ser y hacer antes que nada para uno mismo
Sigo entusiasmada! y con leer tu blog, estoy aun más!
Sí, estoy de acuerdo en que el artista escribe, crea, desde un lleno; en ese sentido estaría de acuerdo en que se escribe como una necesidad de expresión, pero creo que toda expresión es de ese tipo: necesaria. El que crea cambia de manera radical su ser, y no sólo eso, crea más ser en general. Pero el ser no es propiedad exclusiva de quien lo crea, toda poiesis sobrepasa a su creador y tiene voluntad de ser “experienciado”. Jamás podríamos hacer nada de manera solipsista, eso es un contrasentido. El ser tiene voluntad de expresión, y expresión implica un otro yo. Si no, no hay posibilidad de acción alguna. Todo lo que hacemos lleva de manera implícita un otro yo, es nuestra condición humana. Por eso escribir para no ser leído es el suicidio radical y la completa despersonalización.